Habrá alegría en el cielo... PDF Imprimir Correo electrónico
Miércoles 13 de Febrero de 2008 13:59
XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
12 de septiembre de 2010
Primera lectura Ex 32, 7-11. 13-14 “El Señor se arrepintió de la amenaza que había pronunciado

Salmo 50 “Me pondré en camino adonde está mi padre


Segunda lectura 1Tm 1, 12-17
“Cristo vino para salvar a los pecadores

Evangelio Lc 15, 1-32
“Habrá alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús los publicanos y los pecadores a escucharle. Y los fariseos y los escribas murmuraban entre ellos: «Ése acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola: «Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento; y, al llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles: “¡Felicitadme! He encontrado la oveja que se me había perdido”. Os digo que así también habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.


Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y, cuando la encuentra, reúne a las amigas y a las vecinas para decirles: “¡Felicitadme! He encontrado la moneda que se me había perdido”. Os digo que la misma alegría habrá entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta».

Me pongo en presencia de Dios. Le pido que me acompañe y que sea Él quien me muestre el sentido y la importancia para mi vida y para la historia del mundo lo que hoy va a decirme.

Me detengo para contemplar a Jesús rodeado de pescadores, comiendo con ellos y la reacción que provoca entre otras personas. Jesús como respuesta ofrece las tres parábolas.


Me detengo en una de ellas. Observo la gravedad del pecado y la alegría del encuentro.

Yo soy a veces la oveja, la moneda o el hijo. Dios va detrás de mí en mi búsqueda. ¿Alguna vez he actuado como el pastor, la mujer o el padre?

¿Adopto a veces actitudes parecidas a las de los escribas y fariseos?

Llamadas.

Oro a partir de todo lo contemplado.
“EL PASADO NO PESA”
VER
En una reunión familiar con tres generaciones (abuelos, hijos y nietos), salió en la conversación lo que los actuales padres hacían cuando eran jóvenes. Primero surgieron anécdotas más o menos intrascendentes, pero poco a poco se fueron sacando a la luz hechos pasados de mayor importancia, que llegaron a molestar a uno de los presentes, hasta hacerle exclamar: “Aquello ya pasó, si fuera ahora no lo haría, y no me gusta recordarlo ni que me lo recordéis”.

Si nos paramos a pensar, todos tenemos un pasado, en el cual hay hechos de los que nos arrepentimos y ahora nos avergonzamos, y tampoco nos gusta que nos los recuerden o saquen a relucir, o que sigan considerando que seguimos igual que entonces, que no hemos cambiado.
JUZGAR
También san Pablo, como hemos escuchado en la 2ª lectura, tiene un pasado: «yo antes era un blasfemo, un perseguidor y un violento». Pero ese pasado no es impedimento para que ahora pueda ser apóstol: «Dios tuvo compasión de mí, porque yo no era creyente y no sabía lo que hacía... Dios derrochó su gracia en mí dándome la fe y el amor cristiano».

El pasado lo debemos tener en cuenta para no repetir errores, pero no debe pesar a quienes seguimos a Jesús porque para Dios lo importante es que nos arrepintamos y queramos volver a Él, como nos ha dicho el mismo Jesús en el Evangelio con las llamadas “parábolas de la misericordia”: la oveja perdida, la moneda perdida y, sobre todo, la del hijo pródigo, o mejor dicho, del padre misericordioso, reflejo de cómo es el Padre Dios, que «va tras la oveja descarriada hasta que la encuentra...» que «barre la casa y busca con cuidado hasta que encuentra» la moneda... que al ver al hijo que, recapacitando, vuelve a él, «se conmovió, y echando a correr, se le echó al cuello y se puso a besarlo». Así es Dios, que no nos está recordando ni reprochando nuestras infidelidades pasadas, sino que su felicidad es volver a encontrarnos: «¡Felicitadme, he encontrado la oveja... la moneda... este hijo mío estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».


Y es fácil que encontremos en otros, o asumamos nosotros, actitudes como la del hermano mayor, empeñados en recordar o reprochar(nos) el pasado propio o ajeno («ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres»), pero desde nuestra fe en Jesús, si somos verdaderos discípulos suyos, deberíamos repetir y repetirnos las palabras del padre al hermano mayor: «deberías alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba perdido y lo hemos encontrado».


Dios es Padre de Amor, de Misericordia y Perdón, y esto lo debemos experimentar primero para poderlo transmitir después, sin avergonzarnos, sino con toda humildad mostrando el Amor misericordioso de Dios para con los pecadores, como hizo el propio Pablo: «Podéis fiaros y aceptar sin reservas lo que digo: que Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores, y yo soy el primero. Y por eso se compadeció de mí... para que en mí mostrara Cristo toda su paciencia y pudiera ser modelo de todos los que creerán en él y tendrán vida eterna».
ACTUAR
¿Hay algo de mi pasado que “me pese”, del que me avergüenzo? ¿He recapacitado y pedido perdón al Señor? ¿Me siento perdonado por Él, y amado por Él? ¿Me he perdonado a mí mismo? ¿Tengo actitudes como la del hermano mayor, reprocho o recuerdo a alguien su pasado? ¿Me alegro por la conversión de otros, aunque en el pasado me hayan perjudicado?

Hoy es un día para leer despacio sobre todo el Evangelio y la 2ª lectura, y dejar que la Palabra vaya calando, empapando nuestro corazón, para ser conscientes de cuánto nos ama Dios con toda nuestra historia, sobre todo para darnos cuenta de que es ese Padre Misericordioso que, para buscarnos, no dudó incluso en enviar a su propio Hijo, como lo envía ahora una vez más en la Eucaristía. Sintámonos encontrados y acogidos por Él, sintámonos alegres por poder tener a este Dios como Padre, y que la experiencia de su amor, perdón y misericordia nos mueva, como a san Pablo, a ser testigos humildes y creíbles de que Dios sigue buscando a todos para que, creyendo en Él, puedan tener vida eterna.
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Última actualización el Lunes 06 de Septiembre de 2010 11:15