Lolo, un joven de Acción Católica PDF Imprimir Correo electrónico
Lunes 11 de Enero de 2010 01:00
   
 
 
   
  En la mañana del sábado, 19 de Diciembre de 2009, en el Vaticano, el Santo Padre Benedicto XVI recibió en audiencia privada al Arzobispo Prefecto de la Congregación para las causas de los Santos, Mons. Amato. En esta audiencia el Papa aceptó la curación atribuida a la intercesión del Venerable Manuel Lozano Garrido, “Lolo”, como inexplicable científicamente, es decir, se considera como un hecho milagroso. Esta decisión del Papa es el último paso necesario antes de la Beatificación. Con ello ya sólo queda fijar fecha y lugar.

Manuel Lozano Garrido, nacido en Linares (diócesis de Jaén) y allí mismo fallecido (1920-1971) fue un joven de Acción Católica en la que recibió su formación apostólica y en la que militó como miembro dinámico y comprometido desde su adolescencia hasta su muerte.

 
 La Acción Católica General se alegra con esta noticia, justamente en las fechas en que se han declarado vigentes para la Diócesis de Jaén los nuevos Estatutos para la Acción Católica, que han sido promulgados recientemente por la Conferencia Episcopal Española, confiando que la intercesión de Manuel Lozano Garrido ante el Señor sea abundante en frutos de apostolado. 
   
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Página web Amigos de Lolo
 
   
   
   
  Cuando se presentó en Madrid su biografía, “Lolo, un ciego a los altares”, el Cardenal Javierre decía: «Conociendo la predilección que nutre el Papa con los jóvenes y enfermos, cabe imaginar el gozo con que Juan Pablo II habrá de dar su bienvenida a Lolo, al hacer su ingreso en la Congregación de los Santos...». Y añadía: «No es difícil suponer la alegría que le espera a Juan Pablo II viendo a un inválido ascender a la gloria de Bernini. Conviene que la Congregación de los Santos convierta las escaleras en rampas». 
   
   
   
  Pero ¿quién es Lolo? Lolo fue un joven de Acción Católica, que nació en Linares (Jaén) en 1920. A los 22 años una parálisis progresiva le sentó en un sillón de ruedas. Su inmovilidad fue total y paso ciego sus últimos nueve años. Fue un joven seglar que se tomó en serio el Evangelio... como decía el Padre Martín Descalzo: «Se dedicaba a ser cristiano. Se dedicaba a creer».

Tan en serio se tomaba el Evangelio que un día el
Robert de Taizé se acercó a su casa. Lo vio, lo oyó hablar, miró aquel cuerpo agarrotado, tomó la pluma... y escribió en la pantalla de la lámpara que alumbraba la mesa donde Lolo trabajaba. «Lolo, sacramento del dolor».

Este joven de Acción Católica que mantuvo una permanente sonrisa, y fue
sembrador de alegría en los cientos de jóvenes y adultos que se acercaban a él, tenía un secreto.
 
   
  ¿Cual es el secreto que le hacía vivir la alegría en el dolor? Lolo había sido un joven amante del deporte y de la naturaleza; alegre en sus travesuras infantiles, y más alegre aún en sus juegos de juventud cuando comenzó a abrirse a la vida, a desear “devorar” apostólicamente el mundo. Se había formado en el centro de Jóvenes de Acción Católica de Linares en la década de 1930... y “para él la Acción Católica lo era todo”.

En la Acción Católica aprendió a amar con locura a la Virgen Nuestra Señora. De ella escribirá bellísimas páginas llenas de ternura y filial amor. En la Acción Católica curtió su amor por la Eucaristía que le marcó para toda la vida. Ahí quedan sus escritos sobre el Corpus Christi, sobre el Jueves Santo o sobre el sacerdocio. Ya paralítico -desde el balcón de su casa situada frente a las puertas de la Parroquia de Santa María de Linares, donde fue bautizado y donde reposan sus restos- hacía un alto en sus trabajos y decía: «Ahora -frente a frente con el Sagrario- voy a echar con Él un parrafillo».
 
   
  Su experiencia eucarística La Eucaristía marcó a Lolo hasta los tuétanos. Una vez descubierto lo que la Eucaristía es para la Iglesia y en la vida de cada cristiano, ya no podrá pasar sin tener cada día «Mesa redonda con Dios». La Eucaristía es para Lolo fortaleza en su debilidad y alegría en su dolor, fuente de inquietud apostólica y manantial para su pluma. 
   
  Apóstol Joven apostólicamente comprometido recorre los pueblos difundiendo la Acción Católica. Se enamora de Cristo y le dice: «Un préstamo: déjame tu corazón... no para el egoísmo de realizarlo todo fácil y sin esfuerzo, sino para hacer bueno ese deber que es amarte a tu medida». Este Lolo, inquieto y andariego, recibe la visita del dolor: «Aparentemente el dolor cambió mi destino de modo radical. Dejé las aulas, colgué mi título, fui reducido a la soledad y el silencio. El periodista que quise ser no ingresó en la Escuela; el pequeño apóstol que soñaba llegar a ser dejó de ir a los barrios; pero mi ideal y mi vocación los tengo ahora delante, con una plenitud que nunca pudiera soñar». 
   
  Inválido Este apóstol de la Acción Católica recibe de Dios «la vocación de enfermo. Mi profesión: inválido». Es tal su invalidez que día a día va perdiendo todos sus movimientos. Su cuerpo se convierte en un amasijo retorcido de huesos doloridos; pero no se queja ni habla de sí mismo. Cuando pierde el movimiento de la mano derecha, aprende a escribir con la izquierda. Cuando también la izquierda se paraliza, dicta a un magnetófono... y se convierte en escritor y periodista incansable desde su silla de ruedas. 
   
  Escritor y periodista Cuando aún podía mover algo los dedos le regalaron una máquina de escribir. ¿Lo primero que escribió en ella?... «Señor, gracias. La primera palabra, tu nombre; que sea siempre la fuerza y el alma de esta máquina... Que tu luz y tu transparencia estén siempre en la mente y en el corazón de todos los que trabajen en ella, para que lo que se haga sea noble, limpio y esperanzador».

Y cuando recibe permiso para que en su casa, en su
“mesa redonda” se pueda celebrar la Misa tuvo esta corazonada: «Tráete la máquina de escribir - ¿Para qué ahora? ¡Estás loco! - ¡Qué sí, ea; aprisa; te la traes y la metes debajo de la mesa, para que así el tronco de la Cruz se clave en el teclado y eche allí mismo sus raíces».
 
   
  SINAÍ Desde su silla de ruedas, se convierte en periodista y escritor y funda una obra pía: “Sinaí”, grupos de oración por la prensa”. Cada 12 enfermos junto con un monasterio de clausura toman sobre sí el “cuidado espiritual” de un medio de comunicación social... y así hasta 300 enfermos incurables a los que Lolo une y alienta, a través de la revista mensual que para ellos escribe. Todos esos enfermos que «no pueden levantar ni sus brazos ni andar con sus pies» se convierten en apoyo cristiano y apostólico para los periodistas.

Escribió el
“Decálogo del periodista” y “La oración por los periodistas”. Lolo fue un periodista cristiano desde una doble vertiente: habló de temas religiosos... pero supo hablar de cualquier cosa desde la doctrina de la Iglesia, desde el enfoque de la fe: minería, urbanismo, escolarización, agricultura, crónicas de la ciudad o evolución del universo...
 
   
  Enfermo... trabaja cada día «Gano mi pan con el sudor de mi frente», dice cuando recibe uno de sus múltiples premios literarios. Escribe 9 libros de espiritualidad, diarios, ensayos, una novela autobiográfica, y cientos de artículos en la prensa nacional y provincial... Es un trabajador dolorido o un enfermo que trabaja de sol a sol. Su vida se mezcla en una única trenza: trabajo arduo y enfermedad aguda. En su vida, como su gran secreto, está la piedad mariana y eucarística, de la que brota un amor apasionado por la Iglesia y un apostolado incansable “sin moverse de su sillón de ruedas”. 
   
  Su amor a la Iglesia En Lolo se desarrolló día a día su amor a la Iglesia, al compás del caminar de los días en que la Iglesia “estaba en Concilio”. Con avidez -ya ciego- “leía oyendo” las crónicas y las reflexiones de los Padres y de los teólogos del Vaticano II. Y con profundidad penetró en el espíritu conciliar. 
   
  Alegría contagiosa En su vida fue calando el valor del dolor como aceptación en paz y gozo de los planes de Dios. Su vida de cada día, su contacto con las gentes, se convierte en alegría contagiosa. A los pies de la gruta de Lourdes, Lolo le dice a la Señora: «Te ofrezco la alegría, la bendita alegría». Y la Señora sembró y multiplicó en él la semilla de la alegría, del buen humor, que él trasmitía a quien se acercaba a su sillón de ruedas. 
   
  Lo extraordinario vivido con normalidad En Lolo creció la dimensión de hacer que lo extraordinario (aquellos grandísimos dolores de su enfermedad. Su médico le decía «eres el enfermo grave que goza de más buena salud»), pareciera “ordinario”... por la normalidad rutinaria con que vivía sus circunstancias terribles. ¡Como si fuera un hombre sano y fuerte! 
   
  Consejero de jóvenes Hasta su casa llegan personas de toda clase social y condición: intelectuales y trabajadores; sacerdotes y enfermos... Pero sobre todo eran jóvenes los que más frecuentaban su amistad. Para ellos tenía una sensibilidad especial... era «el amigo siempre alegre, el comunicador de alegría». Dice de él uno de aquellos jóvenes: «Afectuoso, sonriente... se interesó por mi vida, por mi familia, por mis proyectos, por mi trabajo... me sinceré con él y le conté toda mi vida y mis inquietudes; y me habló de un Dios PADRE que comprende y perdona; me habló de la necesidad de dar testimonio cristiano, de lo indispensable que es el amor por los demás...». Y así se expresan muchos de los jóvenes que se acercaban hasta él, estudiantes jovencísimos o mineros de Linares, universitarios, oficinistas... 
   
  El 3 de noviembre de 1971 Su vida se apagó. Era el día de San Martín de Porres, “Fray Escoba”, el santo que había crecido en la santidad en un rinconcito del convento, como Lolo que había vivido toda su vida en el metro cuadrado que ocupaba su sillón de inválido. Doce años antes, el mismo día 3 de noviembre, Lolo había escrito: «Hoy el día sabe a andén de ferrocarril, cuando llega el tren y se baja el amigo a quien hace mucho tiempo no veíamos. Ya tú estás aquí, sentado junto a mi sillón, y yo te echo el brazo efusivamente por los hombros...». Había llegado el momento del abrazo efusivo con Dios a quien había amado y a quien, crucificado con su cruz de prolongada y dura enfermedad, se había ofrecido como amigo.

Desde el 17-10-1996, sus restos trasladados desde el cementerio de la ciudad que lo vio nacer, reposan en la capilla del Cristo de la Misericordia en la Iglesia de Santa María de Linares, en cuya lápida está escrito:
«MANUEL LOZANO GARRIDO, Escritor y Periodista, SIERVO DE DIOS, 9-8- 1920 / 3-11-1971».
 
   
Última actualización el Lunes 22 de Febrero de 2010 10:51