Preparando el Domingo

"SI TU MANO TE HACE CAER CÓRTATELA"

26 de septiembre de 2021 (DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO)

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adultos

 

Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que echaba los demonios en tu nombre y no anda con nosotros, y se lo hemos prohibido». Jesús dijo: «No se lo prohibáis, porque nadie que haga un milagro en mi nombre puede después hablar mal de mí; 40 y el que no está en contra de nosotros está a nuestro favor».
«El que os dé de beber un vaso de agua por ser del mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa».
«Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen en mí, más le valdría que le ataran al cuello una rueda de molino y lo tiraran al mar. Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtatela. Más te vale entrar manco en la vida que ir con las dos manos al fuego que no se apaga.
Más te vale entrar cojo en la vida que ser arrojado al fuego con los dos pies. Más te vale entrar con un solo ojo en el reino de Dios que ser arrojado con los dos ojos donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.
Marcos 9, 38-43.45.47-48

 
  • Números 11, 25-29 ● “¿Estás celoso de mí? ¡Ojalá todo el pueblo del Señor fuera profeta!”
  • Salmo 18 ● ”Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón”
  • Santiago 5,1-6 ● “Vuestra riqueza está corrompida”
  • Marcos 9, 38-43.45.47-48 ● “Si tu mano te hace caer córtatela”

 

LA CULTURA DEL ENCUENTRO 

VER

 

En una conversación salió a relucir el famoso programa “La clave”, que consistía en un debate presentado y moderado por el periodista José Luis Balbín, en el que se abordaban temas de actualidad que afectaban a la sociedad española, debatidos por personajes destacados del mundo de la política, la ciencia y la cultura en general, que exponían sus puntos de vista con respeto y escuchando las opiniones de los demás. Este tipo de programa actualmente es añorado porque en muchos actuales debates lo que predomina es la crispación y el griterío. No se quiere dialogar con el otro, se le ve como un enemigo al que hay que atacar para hacer prevalecer mis ideas.

                     

 
 

JUZGAR

 

Este ambiente de crispación y ausencia de diálogo se extiende también a nuestras relaciones más cercanas. Nos cuesta escuchar a los demás, o mientras están hablando no prestamos atención porque ya estamos pensando cómo rebatir lo que nos están diciendo. Y, si entramos en las redes sociales, vemos cómo a menudo se convierten en un instrumento de provocaciones y ataques.

En este ambiente, el Evangelio de este domingo nos hace una llamada a valorar y acoger lo positivo que tienen los demás. Los discípulos dicen a Jesús: hemos visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros. Ante esta visión cerrada y exclusivista, Jesús les responde: No se lo impidáis… El que no está contra nosotros está a favor nuestro. Jesús nos pide que abandonemos actitudes intransigentes y excluyentes y que aprendamos a descubrir y valorar lo bueno que tienen y hacen los demás, aunque “no sean de los nuestros”.

Por eso, como recoge el título de una campaña de Acción Católica General, en multitud de ocasiones el Papa Francisco ha utilizado la expresión “cultura del encuentro”, para impulsar “una cultura que privilegie el diálogo como forma de encuentro, la búsqueda de consensos y acuerdos, pero sin separarla de la preocupación por una sociedad justa, memoriosa y sin exclusiones”. (Evangelii Gaudium 239).

Y en su última encíclica, “Fratelli tutti”, sobre la fraternidad y la amistad social, el Papa retoma este tema: “Reiteradas veces he invitado a desarrollar una cultura del encuentro, que vaya más allá de las dialécticas que enfrentan. Una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente. Porque de todos se puede aprender algo, nadie es inservible, nadie es prescindible”. (FT 215)

Como cristianos, esta llamada a desarrollar la cultura del encuentro supone una particular exigencia, como indicó la Archidiócesis de Toledo en su “Iniciativa Areópago”: “En una sociedad cada vez más polarizada, la voz de quienes, a la luz de la fe, desean ofrecer al mundo su visión del ser humano es más necesario que nunca. Desgraciadamente, ni en el debate político, ni en la vida social y, en ocasiones, ni siquiera a nivel personal en nuestro día a día, optamos por el diálogo como método para encontrarnos con el otro y para tratar de afrontar, juntos, la solución a los problemas que tenemos en común. Sólo es posible dialogar si se parte del aprecio; únicamente puede entablarse una auténtica conversación si se hace con respeto, convencidos de que podemos beneficiarnos recíprocamente. Dialogar, construir, fomentar la cultura del encuentro es el objetivo”.

Por eso, en nuestra realidad, “no debemos situarnos en posiciones de permanente condena, que genera una sensación en los demás de que siempre estamos enfadados. Hay cuestiones que, como creyentes, tenemos la obligación de poner sobre la mesa como elementos irrenunciables: el empeño por la paz y la libertad de las personas y de los pueblos, la defensa y promoción de los derechos humanos, la promoción de los más pobres, la prioridad de la vida humana, la relación equilibrada entre el hombre y la Creación…” (Ser y misión de la ACG – Llamados y enviados a evangelizar)

 

ACTUAR

 

¿Me dejo llevar por la crispación en mi vida cotidiana y mis relaciones? ¿Creo de verdad que el que no está contra nosotros está a favor nuestro, sé dialogar, valorar y acoger lo positivo que puedan tener o hacer otros, aunque “no sean de los míos”? ¿Cómo puedo desarrollar la “cultura del encuentro”?

Un testimonio creíble de nuestra fe es buscar el encuentro con los demás, porque “el ideal cristiano siempre invitará a superar la sospecha, la desconfianza permanente, el temor a ser invadidos, las actitudes defensivas que nos impone el mundo actual”. (EG 88) Por eso, frente al ambiente de crispación en que vivimos, comprometámonos con gestos y actitudes concretas en hacer realidad esta llamada del Papa: “Pido a Dios que prepare nuestros corazones al encuentro con los hermanos más allá de las diferencias de ideas, lengua, cultura, religión; que unja todo nuestro ser con el aceite de la misericordia que cura las heridas de los errores, de las incomprensiones, de las controversias; la gracia de enviarnos, con humildad y mansedumbre, a los caminos, arriesgados pero fecundos, de la búsqueda de la paz”. (FT 254)