Preparando el Domingo

 "QUIEN QUIERA SER PRIMERO, QUE SEA EL SERVIDOR DE TODOS"

23 de septiembre de 2018  (XXV Domingo del Tiempo Ordinario)

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adultos 

 
  • Primera lectura ● Sabiduría 2, 12.17-20 ● “Lo condenaron a muerte ignominiosa”
  • Salmo ● Salmo 53 ● ”El Señor sostiene mi vida”
  • Segunda lectura ● Santiago 3,16-4,3 ● “Los que procuran la paz están sembrando la paz, y su fruto es la justicia”
  • Evangelio ● Marcos 9, 30-37 ● “Quien quiera ser primero, que sea el servidor de todos””

 

Salieron de allí y atravesaron Galilea. Jesús no quería que se supiera, porque estaba enseñando a sus discípulos. Les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y, después de muerto, a los tres días resucitará». Pero ellos no entendían estas palabras y no se atrevían a preguntarle. Llegaron a Cafarnaún y, una vez en casa, les preguntó: «¿Qué discutíais por el camino?». Pero ellos callaban, porque en el camino habían discutido sobre quién entre ellos sería el más grande. Jesús se sentó, llamó a los doce y les dijo: «El que quiera ser el primero que sea el último y el servidor de todos». Tomó en sus brazos a un niño, lo puso en medio de ellos y les dijo: «El que acoge a uno de estos pequeños en mi nombre me acoge a mí; y el que me acoge a mí, no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado a mí».
Marcos 9, 30-37

 

 

EJERCICIO DE SINCERIDAD

VER

 

Suelo decir que con Dios no hay que ser piadosos, sino sinceros. Y tras leer la Palabra de Dios de este domingo, propongo un ejercicio de sinceridad con Dios. Pensemos en los desencuentros, enfados, discusiones, riñas… que hemos tenido o tenemos con familiares, amigos, vecinos, compañeros de trabajo o estudio, con los demás miembros de la comunidad parroquial… Dejando aparte los casos más graves, si somos sinceros, veremos que muchas veces esas discusiones se producen porque pensamos que “yo tengo la razón” y “el otro está equivocado”; y como estoy tan seguro de que “yo tengo la razón”, no estoy dispuesto a escuchar lo que “el otro que está equivocado” me tenga que decir; y menos aún estoy dispuesto a ceder o cambiar de opinión.

 

JUZGAR

 

Es normal que en cualquier tipo de relación humana surjan las diferencias, discusiones, riñas… Pero para evitar que eso desemboque en “guerra abierta” y rupturas, necesitamos reconocer de dónde salen, la mayoría de las veces, esos enfrentamientos. Y esto, que es válido para todo ser humano, debe ser un imperativo para quienes nos llamamos cristianos.

Sintámonos cuestionados por el mismo Jesús, que hoy también nos pregunta, como a sus discípulos de entonces: ¿De qué discutíais por el camino? Ellos, ante esta pregunta, no contestaron; pero nosotros hoy queremos hacer un ejercicio de sinceridad con Dios, y vamos a responderle.

En el camino de nuestra vida, que como cristianos es un camino de seguimiento del mismo Jesús, ¿de qué discutimos? En casa, en el trabajo, con amigos, en la parroquia… Y en la mayoría de los casos, si somos sinceros, podemos hacer nuestra la razón que callaron los discípulos: por el camino habían discutido quién era el más importante. Ese “querer ser el más importante” se concreta de muchas formas, más o menos directas, según con quien nos relacionemos, pero hay algunos aspectos comunes: el deseo de figurar o de hacerse notar; el deseo de que se reconozca lo que hacemos, aunque lo disfracemos bajo una falsa modestia; nuestra reacción iracunda cuando no se hacen las cosas a nuestro gusto, o nos critican; creernos que somos los que mejor sabemos hacer las cosas, despreciando lo que hacen otros; mostrarnos como los primeros que nos enteramos de las noticias, o hacer ver que tenemos una especial relación con personas que consideramos “importantes”….

Pero si todos queremos “ser el más importante”, es inevitable que broten los conflictos, como apuntaba el apóstol Santiago en la 2ª lectura: ¿De dónde proceden las guerras y las contiendas entre vosotros? ¿No es de vuestras pasiones, que luchan en vuestros miembros? Codiciáis y no tenéis; ardéis en envidia y no alcanzáis nada; os combatís y os hacéis la guerra. Y como cada uno nos creemos que “yo tengo la razón y el otro está equivocado”, los enfrentamientos van a más, y todos tenemos experiencia de las dolorosas consecuencias que pueden llegar a producirse.

Para romper esta dinámica, como cristianos debemos tener siempre presentes las palabras de Jesús: Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos. Ser “el último y el servidor” no significa anularse uno mismo, o renunciar a las propias ideas y derechos y decir que “sí” a todo lo que los demás propongan. Jesús mismo fue el Siervo que lavó los pies a sus discípulos y se entregó totalmente, pero no por eso dejó de anunciar y actuar de acuerdo con su Evangelio; nosotros, sus seguidores, en el camino de nuestra vida, tenemos que descubrir que sólo el servicio y la entrega rompen con los enfrentamientos y rupturas, porque rompen esa posición de “yo soy más importante que tú” y nos sitúan en un mismo nivel que nos permite hablar y escuchar al otro.

 

ACTUAR

 

Busquémonos un rato de tranquilidad y hagamos este ejercicio de sinceridad con Dios. ¿Qué discusiones recuerdo especialmente? ¿A qué se debieron? ¿Cómo influyó mi actitud? ¿En el fondo, aspiro a ser considerado “el más importante”? ¿Estoy dispuesto a ser “el último y el servidor”?

Decía el apóstol Santiago: Donde hay envidias y rivalidades, hay desorden y toda clase de males. Ya hay demasiado de eso en el mundo; que no sea así entre nosotros, los seguidores de Cristo. Él, como hizo entonces, también se hace presente entre nosotros y se nos vuelve a entregar en la Eucaristía, para que, con Él, podamos seguir el camino del servicio y la entrega, el único que lleva a la paz.