• Preparando el domingo adultos

Preparando el Domingo Adultos y Jóvenes

“¡MAESTRO, QUE PUEDA VER!”

24 de octubre de 2021 (DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO)

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consiliarios ACG



PRIMERA LECTURA:
“Guiaré entre consuelos a los ciegos y cojos” (Jeremías 31, 7-9)

SALMO:
”El Señor  ha estado grande con nosotros ,y estamos alegres” (Salmo  89)

SEGUNDA LECTURA:
“Tú eres sacerdote eterno, según el rito de Melquisedec” (Hebreos 5, 1-6)

EVANGELIO:
“¡Maestro, que pueda ver!” (Marcos 14, 46-52)

Fueron a Jericó. Y al salir de Jericó con sus discípulos y mucha gente, el hijo de Timeo (Bartimeo), un mendigo ciego, estaba sentado junto al camino. Al oír que pasaba Jesús el nazareno comenzó a gritar: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». La gente le reprendía para que se callase, pero él gritaba con más fuerza: «¡Hijo de David, ten compasión de mí!». Jesús se detuvo y dijo: «¡Llamadlo!». Y llamaron al ciego diciéndole: «¡Ánimo! Levántate, que te llama». Él, tirando su manto, saltó y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que te haga?». El ciego respondió: «Maestro, que vuelva a ver».  Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado». Inmediatamente recobró la vista, y seguía a Jesús en el camino. (Marcos 14, 46-52)

¡GRITEMOS!


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    Quienes tenemos más de 50 años recordaremos una canción del grupo Tears for Fears, titulada “Shout” (Grita), cuya letra traducida empezaba así: “Grita, grita, desahógate”. Solemos gritar de dolor, de ira, de miedo, de alegría, de desesperación, de sorpresa, de rabia, para llamar la atención, para animar a alguien… Hay ocasiones en que gritar es una falta de respeto, pero en otras resulta benéfico, pues el grito exterioriza emociones y supone una válvula de escape. Algunos sostienen que quienes no gritan, y contienen sus sentimientos, pueden llegar a desarrollar enfermedades como depresión, hipertensión, úlceras... Así, en ocasiones gritar puede resultar beneficioso, sobre todo porque la mayoría de los gritos surgirán por situaciones de dolor y sufrimiento y necesitamos desahogarnos, como decía la letra de la canción.

     
     

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    La Palabra de Dios de este domingo nos ha mostrado diferentes tipos de gritos. En la 1ª lectura, un grito bueno: Gritad de alegría por Jacob… el Señor ha salvado a su pueblo. Pero en el Evangelio hemos escuchado el grito angustiado de alguien en una situación de sufrimiento: el ciego Bartimeo… al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: Hijo de David, ten compasión de mí. Y aunque muchos le regañaban para que se callara, él gritaba más: Hijo de David, ten compasión de mí. En Bartimeo podemos identificar el grito de angustia y dolor de tantos, una mayoría, quizá nosotros mismos, que están al borde del camino de la vida por diferentes motivos: enfermedad, paro o trabajo precario, adicciones, rupturas, pobreza, hambre, catástrofes naturales, guerras, persecuciones, emigración, terrorismo, desesperanza y sinsentido de la vida… Es un verdadero griterío, aunque a veces quisiéramos que se callaran, como decían a Bartimeo, porque nos molestan, porque rompen nuestra supuesta tranquilidad, porque inquietan nuestra conciencia.

    Pero, aunque no nos guste y quisiéramos que se callaran, quienes sufren “gritan más”, como hizo el ciego Bartimeo, porque cada día surgen nuevos motivos para que más gente grite.

    Jesús se detuvo y atendió los gritos de Bartimeo. Primero dice: Llamadlo. Jesús no quiere que nosotros hagamos oídos sordos a los gritos de quienes sufren. Quiere que “nos detengamos” y les “llamemos” en su nombre: Ánimo, levántate, que te llama, para que, por nuestro testimonio de fe, en palabras y obras, sepan y sientan que Jesús pasa por su vida y atiende sus gritos. Después Jesús hace a Bartimeo una pregunta: ¿Qué quieres que haga por ti? Jesús se interesa por él y su situación, y así nos indica que atender los gritos no consiste en ofrecer un consuelo fácil o un asistencialismo rápido que tranquilice nuestra conciencia. Se trata de averiguar la verdadera necesidad que está provocando el grito de angustia de esa persona.

    Y, una vez el ciego le ha manifestado su necesidad, Jesús le dice: Tu fe te ha curado. Aquí tenemos una llamada importante. Por una parte, como escribió Benedicto XVI en “Dios es amor” 31.c) “La caridad no ha de ser un medio en función de lo que hoy se considera proselitismo. El amor es gratuito. Pero esto no significa que la acción caritativa deba dejar de lado a Dios y a Cristo. Con frecuencia, la raíz más profunda del sufrimiento es precisamente la ausencia de Dios. Quien ejerce la caridad en nombre de la Iglesia nunca tratará de imponer a los demás la fe de la Iglesia”. Pero, como dijo San Pablo VI en “Evangelii nuntiandi” 22: “La Buena Nueva proclamada por el testimonio de vida deberá ser, tarde o temprano, proclamada por la palabra de vida. No hay evangelización verdadera, mientras no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret Hijo de Dios”. Al atender a quienes gritan, no se trata de imponerles, sino de proponerles la fe en Cristo Resucitado para que lo conozcan y, libremente, como Bartimeo, le sigan.

    Hoy celebramos la campaña del Domund, que nos recuerda el grito de dolor de quienes sufren hambre y pobreza. Hoy se nos invita a hacerles llegar nuestra ayuda material, pero también la espiritual, como indica el lema: “Cuenta lo que has visto y oído”. Como hemos dicho, la labor misionera también incluye proponer la fe en Cristo, contándoles nuestra experiencia de fe. Y el Domund también nos recuerda que todos somos misioneros y, en nuestros ambientes, debemos contar a otros lo que hemos visto y oído.

     
     

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    ¿Soy de los que gritan? ¿Por qué motivos? ¿Grito a Dios? ¿Hago oídos sordos a los gritos de los otros? ¿Por qué? ¿Procuro, en nombre de Jesús, atender esos gritos? ¿Cómo lo hago? ¿Me detengo, me intereso por ellos, les propongo en algún momento la fe en Jesús Resucitado?

    Como dice Hebreos 5, 7: Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado. Por tanto, gritemos con fe a Dios en la oración, como Bartimeo, no nos aguantemos y callemos ante el sufrimiento nuestro o de otros, con la certeza de que Él, que ha pasado por la prueba del dolor, no hará oídos sordos a ese grito.

     
     

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